domingo, 27 de abril de 2008
The Pereiras (por Felipe Alegría)
domingo, 20 de abril de 2008
“A propósito del miedo”
Otra vez me encontraba en la misma esquina, donde solía quedarme minutos para quitarme los miedos; cuando creía superarlos, cruzaba la calle con una bolsa de plástico, y entraba al bazar para solicitar mi pedido. “no existe miedo de pan, ni a la harina” me decía el alemán. Volvía entonces lingüísticamente derrotado a la casa, con medio pan en la boca.
La última vez supuse derrotar a esos miedos tan extraños que me invadían. Me senté en esa misma esquina tenebrosa para controlar la situación de una vez por todas. Cuando creí dominar aquellos miedos, crucé por la calle con mi bolsa de plástico, y entré al bazar del alemán. Me miró consternado y se dispuso a buscar el pan. Antes lo alcancé de un grito y le dije: ¡me vende un Tiffanys! El alemán se volvió sobre sus firmes pasos y sonrió. Esa pálida seriedad había desaparecido junto con mis miedos; el del estómago y el de la lengua. Al parecer los había superado. Entonces me di cuenta que era preciso superar otro miedo, el de la bolsa vacía llegando a casa.
martes, 15 de abril de 2008
“5 minutos más y despierto”

La muerte me acompaña hasta la entrada de mi casa, y me recuesta sobre el sillón, luego enciende la tele. Aún no quiero despertar; se que te has ido; has pasado por encima de mis ojos, como el reflejo de una luz sobre un metal frío y desinteresado. Cinco minutos más y comenzaré a buscarte en la lógica de los sucesos, pero en este momento me quedo anestesiado con el extraño proceder de la muerte. Podría haber sido yo.
La muerte me cambia los canales de tv; se detiene en animaciones enigmáticas que jamás había visto; leo entrelíneas mensajes ocultos que antes no había percibido. ¿Por qué ahora me acuerdo de todos esos muertos? ¿Qué tienen que ver contigo? No te has muerto. Estoy anestesiado por la impresión, lo recuerdas; en cinco minutos despertaré y el pecho se me oprimirá de dolor y ausencia. Perderé el aire y tú te habrás ido. Pero ahora quédate a mi lado.
Cuéntame lo del accidente. Supe que todo fue repentino, que no pudiste asimilar las luces que te señalaron hombre muerto. Te quitaron la risa de la cara, como si a un pescador le quitaran sus redes y su bote. Te distrajeron y maldijeron. Entonces caíste por un charco de sangre hacia un lugar tenebroso. Ahora recuerdo tus múltiples voces de encanto; si, creo que en verdad te has ido. Ya no me parece cautivante lo que dices, más bien son sólo ideas fantasmales.
Ni siquiera te sorprendes, sigues hablando como si no te percataras de lo que ha sucedido. Te dije, estoy adormecido y para mí no te has muerto. Estás aquí, contándome tus anécdotas y pormenores. Y al recordar tus voces de encanto, me doy cuenta que te has marchado a otro mundo, porque comienzo a extrañarte, cuando escucho murmullos en la calle oscura y luego tres cuadras a la derecha. Es tu velorio. Entonces termínenos este asunto y déjame despertar para recordarte. Debo llorarte, tú lo sabes. Debo sentir el dolor de tu pérdida, así que es necesario que despierte. Cuando abra mis ojos, quiero que sepas que te llevaré en lo más hondo de mi alma, querido amigo de infancia.
jueves, 10 de abril de 2008
“El cuento de la enseñanza”

jueves, 27 de marzo de 2008
"La inevitable calle"

viernes, 7 de marzo de 2008
"Decisiones"

A veces quisiera que todo esto fuera la posibilidad de un pensamiento, y no la decisión que tomé de un impulso. Lo pienso de esa forma cuando he cometido el error de decidir algo que no me convence; y en ese instante es preciso cerrar los ojos para retroceder en el tiempo de esa acción y recordar por qué decidí ese camino. En ocasiones, se trata de llevarle la contraria al resto, pero a veces es sólo inseguridad. Las malas decisiones me han llevado a creer eso; pude haber estado en el lugar anhelado, pero por motivos extraños, me encuentro en una versión de la felicidad que me hubiera entregado ese primer momento. Después todo se convierte en posibilidades y en arrepentimientos.
Te miro queriendo estar en otra parte y ni siquiera tuve la sinceridad suficiente como para dejarte con este compromiso. Fue mi decisión y la llevo hasta el último punto de sus consecuencias; y no es que no quiera mirarte, pero yo debería estar en otra circunstancia; esa decisión me correspondía tomar, pero quise llevarles la contraria. Lo impredecible ya no es tan significativo, tan sólo es un desastre, al menos cuando lo pienso.
¿Qué sucedería si cambiara el orden de los momentos, si esto fuera la posibilidad de un pensamiento y lo otro la decisión que tomé por impulso? Todo sería distinto. Reitero, sólo cuando han sido decisiones poco convincentes, he querido que todas las palabras y todos esos silencios fueran una posibilidad y no mi última decisión. Pero aquí estoy, viviendo los restos de mis decisiones. Verte, hablarte tal cosa, no decirte otras, es un conjunto de decisiones que nos convierten en personas inseguras y temerosas, cada vez que nos juntemos.
sábado, 16 de febrero de 2008
“Cinco días contigo”

No quisiera levantarme jamás de esta cama. Probablemente pierdas el trabajo y yo la razón, de quedarnos aquí acostados. Pero eso ya poco importa; ni siquiera el maldito frío que hace allá afuera. Aquí, todo es distinto. La mañana nublosa que veo por la ventana, no tiene ninguna relación con el olor a sexo matutino que se quedara en mis huesos el resto de la semana. Tú estás en el detalle más insignificante del techo que miras; te quedas en ese punto un instante, mientras yo deseo angustiosamente que el cielo no oscurezca. Tan sólo he venido a continuar lo que había quedado inconcluso meses atrás.
Probablemente pierdas el trabajo, pero no puede ser de otro modo. No hemos querido desperdiciar las palabras en argumentos poco relevantes. Podrías encontrar otro trabajo, con un mejor horario. Nos hemos quedado en silencio, pegados, pensando o reviviendo nuestros movimientos en la mente. No quisiera levantarme jamás, aunque haya venido a concluir esta historia.
Día 1: La llegada
He llegado 10 minutos atrasado al Terminal. Al bajarme del bus, siento repentinamente el aire frío en mi cara; me fumo un cigarrillo con el inminente invierno azotando mis huesos, el maldito invierno sureño tan distinto al de otros lugares. Decido llamarte de un teléfono público. Vienes en camino. Me siento un extranjero en tierras desconocidas; es como si todos supieran que vengo de visita. Al fin llegas, salimos del Terminal, tomamos un taxi y nos dirigimos a tu casa.
Volví a nacer en algún momento de la noche; quizás con mis dientes en tu lengua o mi cuerpo torpe tratando de quitarse la ropa. Ni siquiera recordé que era día sábado. Había pensado durante el trayecto a tu casa, en todo el aparataje previo que debía montar para que no te sintieras acosada. Tan sólo quería verte de nuevo. Por eso viajé tantos kilómetros, tan sólo para verte otra vez con la extraña felicidad invadiéndome las entrañas. Tus ojos me lo advertían. Fue una extraña felicidad.
Día 2: Bajo la lluvia
Debemos ocultarnos de la lluvia. Me tomas de la mano y me llevas hacia un lugar techado atrás de la catedral. No hay nadie. Los locales del centro han cerrado, sólo quedamos tú y yo. Siempre hemos estado solos, aún cuando nos rodean multitudes de palabras. No me canso de besarte i de hablarte, mientras la lluvia no detiene su marcha. No he fumado desde ayer y ni siquiera tengo ganas de preguntarte si fumas. Qué diferencia haría un cigarrillo en este momento; no lo sé, prefiero seguir mirándote. Aquí, bajo el techo todo está oscuro. Sólo veo una luz reflejada en tu risa, mientas te llevas una galleta a la boca. Y yo sigo buscando en esa oscuridad un cigarrillo en mis bolsillos.
No hay micros para llegar a casa; debemos caminar bajo la lluvia. De la mano me conduces por las calles jamás vistas ni recordadas. Caminamos casi una hora, cruzando avenidas, tropezándonos con líneas férreas, pisando posas de agua, hasta llegar totalmente borracho de amor para descansar sobre tu vientre. Volver a nacer, para confesarte que jamás pude apoyarme en un vientre femenino, sin pensar que mañana no lo haría. Fue un día de lluvia, de esos que se recuerdan.
Tan sólo he venido a concluir lo que dejamos entre comillas. Jamás creíste que vendría, y que me iría sin decirte nada. Te miré por última vez desde la calle y luego me marché con las palabras alborotadas. No pudimos despedirnos. Desperté y ya no estabas. Decidí caminar hacia el Terminal. Pero antes pasé por tu trabajo, el que casi pierdes por mi culpa. No pude olvidarte en el viaje, hubiera sido lo recomendable. Tan sólo vine porque quería verte.
Día 4: Como un fugitivo
Debíamos levantarnos para que no perdieras tu trabajo. Me quedé esperándote toda la mañana, sentado en tu cama mientras fumaba un cigarrillo. Podría haber sido fatal dejar rastros de mi visita, así que recogí del suelo cada prenda y la eché al bolso. Me desplacé con cautela por la casa sin correr las cortinas. Llegarías a almorzar.
Apenas quise respirar, y llegaste apurada, subiste la escalera hasta la pieza, te desvestiste y te lanzaste sobre mí. No sé si habrá indicios de que he pasado cuatro días contigo; no sé si te importará que te descubran. Te vistes, me besas y bajas la escalera para llenar tu estómago. Tienes dos horas de colación y ya has perdido 40 minutos en viaje y caricias. Suena el timbre, sabías que esto sucedería; yo ni lo presentí. Trato de ocultarme bajo la cama o dentro de un armario como aquellos chistes de infancia, pero decido quedarme justo donde estaba.
Sabías que él llegaría en cualquier momento; te llamó desde su casa, quería verte. A esa altura sólo pensabas en verme, en no levantarte jamás de la cama. Así que lo dejaste pasar, quizás para ver hasta dónde llegaba. Intentó subirte a la pieza, pero ya sabías lo que yo haría por ti; no me iría, no me escondería. Lo convenciste para que se fuera y regresaste a la pieza. Creo que partiré mañana.
Vuelves al trabajo después de prometerme todo. Te espero hasta la noche, pero esta vez en una plaza congelada. Me fumo otro cigarrillo, de la cajetilla que me regalaste, y pienso en cómo matar el tiempo. Cuando anocheció ya había recorrido toda la ciudad sin olvidarme donde trabajas. Sales por fin. Nuevamente caminamos hasta tu casa; quieres decirme algo, pero no te atreves. Este es el último día que puedo entregarte. Se me nublan los ojos de cansancio; duermo sobre tu vientre, y despierto solo en la mañana. Creo que partiré en este momento. Tan sólo he venido para verte y ya es tiempo de regresar sin ser visto. Si nos descubren, esto se convertirá en tragedia griega.